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#CronicasRBN || El Patrullero de El Bosque: Un Ejemplo de Vocación y Dignidad



Antes de vestir el uniforme de la Policía Nacional, Alfonso Luis Leal Grau reparaba teléfonos en un pequeño local de Barranquilla. Las palabras de su abuela, una mujer que nunca aprendió a leer ni escribir, terminaron guiando el camino de un hombre que decidió convertir el servicio a los demás en su proyecto de vida.


Por: Emilio Gutiérrez Yance


El uniforme estaba perfectamente planchado sobre la cama. La gorra reposaba a su lado, todavía rígida, como si también estuviera aprendiendo a ser parte de una historia nueva. Alfonso Luis Leal Grau se quedó unos segundos frente al espejo, observándose en silencio.


En el reflejo no solo veía a un patrullero de 26 años recién graduado de la Policía Nacional. También veía al muchacho que había crecido en una casa humilde del barrio El Bosque de Barranquilla, escuchando los consejos de una mujer que nunca aprendió a leer ni escribir, pero que entendía la vida con una claridad que ningún libro podría enseñar.


—Recuerde siempre respetar a la gente y ayudar a quien lo necesite —le repetía su abuela, Carmen Sofía Jiménez Pernett. Aquellas palabras, dichas muchas veces desde una mecedora gastada por los años, terminarían marcando su destino.


En El Bosque, al suroccidente de Barranquilla, las tardes se llenan del ruido de las motos, del pregón de los vendedores ambulantes y de los gritos de los niños que juegan fútbol en calles sin pavimentar. Allí nació Alfonso.





Creció en una casa pequeña donde las paredes guardaban más principios que comodidades. En ese lugar aprendió que la honestidad no era un discurso, sino una forma de vivir. Su abuela era el centro de ese universo.


Desde una vieja mecedora hablaba de dignidad, de respeto y de algo que repetía como una ley sencilla: el valor de una persona no se mide por lo que tiene, sino por lo que hace por los demás. Alfonso escuchaba pero todavía no sabía que aquellas conversaciones serían la brújula de su vida. “En ese tiempo se decía que muchos nacían, pero pocos lograban salir adelante”, recuerda hoy.


Mucho antes de patrullar calles o responder a una emergencia, Alfonso ya había empezado a caminar por el sendero del servicio. Primero se formó como técnico eléctrico y electrónico en el SENA. Después estudió para ser paramédico. Durante diez años fue voluntario de la Defensa Civil Colombiana, participando en rescates, atendiendo accidentes y ayudando a personas que atravesaban momentos difíciles.




Más tarde prestó servicio en el Ejército Nacional, donde la disciplina dejó una huella profunda en su carácter, pero aún no encontraba el lugar donde quería quedarse.


En una esquina de Barranquilla funcionaba su pequeño negocio de reparación de celulares. Era un local estrecho, con un mostrador lleno de destornilladores diminutos, pantallas rotas y teléfonos abiertos sobre una mesa de trabajo. A veces pasaba horas intentando devolverle la vida a un aparato que parecía perdido. Los clientes iban y venían. Entre ellos, con frecuencia, policías que llegaban a reparar sus teléfonos, uno de ellos lo observó una tarde mientras Alfonso manipulaba con paciencia los circuitos de un celular.


—Oiga —le dijo—. Usted tiene porte de policía.

Alfonso levantó la mirada y sonrió.

—¿Sí?

—Claro. ¿Por qué no lo intenta?


La frase parecía una simple conversación de mostrador, pero no lo era. Con el paso de los días empezó a escuchar lo mismo de otros uniformados que llegaban al taller. —Usted debería ser policía. Al principio lo tomó como una broma, luego comenzó a pensarlo hasta que un día decidió hacerlo.




Con los ahorros que había reunido en su negocio se presentó a la Policía Nacional de Colombia. No fue una decisión impulsiva, fue una mezcla de disciplina, intuición y una voz interior que parecía repetir los consejos de su abuela. Ingresó a la Escuela de Policía Antonio Nariño y pronto descubrió que el camino no sería sencillo.


Las jornadas comenzaban antes del amanecer, el entrenamiento era exigente y la presión constante. Pero cada vez que el cansancio aparecía, algo dentro de él recordaba aquellas palabras escuchadas durante la infancia.





Al final de la formación ocurrió algo que todavía menciona con orgullo. Obtuvo el primer puesto de su compañía, para su familia fue un momento inolvidable y para el, una confirmación silenciosa de que había tomado el camino correcto.


El uniforme, sin embargo, también tiene momentos que dejan cicatrices. Uno de ellos ocurrió en el municipio de El Carmen de Bolívar. Una tarde, durante una jornada de patrullaje, conoció a un niño que comenzó a acercarse a él con curiosidad. Poco a poco empezaron a hablar.


El menor atravesaba problemas de salud y momentos emocionales difíciles. Alfonso intentó acompañarlo. A veces lo escuchaba, jugaban y otras veces simplemente se sentaba a su lado. La historia terminó de la peor manera, el niño murió a manos de su propia madre.


La noticia lo golpeó con una fuerza que todavía cuesta explicar. Ese día comprendió algo que no aparece en los manuales de formación policial. Que ser patrullero no consiste solo en capturar delincuentes o responder a emergencias también implica intentar proteger a quienes muchas veces no tienen quién los defienda.


En muchas regiones del país el uniforme impone distancia, pero Alfonso intenta que no sea así. Hoy con 29 años cuando camina por las calles saluda a los vecinos, conversa con los comerciantes y se detiene a escuchar a quienes se acercan, tal vez por eso la gente lo recibe como a un conocido.


“Cuando la comunidad lo saluda a uno con confianza, uno entiende que está haciendo bien su trabajo”, dice.


En medio de un país donde durante años la relación entre ciudadanos y autoridades ha estado marcada por la desconfianza, gestos como esos parecen pequeños, pero no lo son.


Hoy el patrullero Alfonso Luis Leal Grau continúa patrullando las calles con la misma convicción con la que salió de su barrio en Barranquilla y al mismo tiempo estudia Derecho. Su meta es convertirse en oficial de la Policía Nacional.


Cada mañana, antes de salir de casa en San Jacinto, Bolívar, donde presta hoy sus servicios,  ajusta la gorra frente al espejo y durante unos segundos vuelve a escuchar aquella voz que lo acompañó desde la infancia. La voz de su abuela, la mujer que le enseñó que servir a los demás es el acto más noble que puede realizar un ser humano.


El coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar, lo resume de otra manera: “Representa el espíritu de servicio y compromiso que caracteriza a nuestros hombres y mujeres de la Policía Nacional”.





Pero quienes conocen la historia completa saben que detrás del uniforme hay algo más. Está el niño que creció escuchando consejos en una casa humilde del barrio El Bosque, el técnico que pasaba las tardes reparando celulares en un pequeño taller y el voluntario que aprendió a correr hacia las emergencias cuando otros se alejaban. Todas esas vidas, en realidad, son la misma. La de un hombre que decidió convertir las enseñanzas de su abuela en su forma de caminar por el mundo. Porque los destinos, casi siempre, no nacen de decisiones extraordinarias. Empiezan en cosas simples: en una conversación cualquiera, en una mesa llena de teléfonos desarmados o en la voz de una abuela que, sin saber leer ni escribir, entendía mejor que nadie el verdadero significado de la dignidad.

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