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NoticiasRBN || La historia de '039': la mujer que inspiró a Alejo Durán a crear un clásico inmortal del vallenato



La protagonista de esta historia es Irene Rojas, la mujer cordobesa que inspiró al primer Rey Vallenato durante un viaje por el río San Jorge y terminó convirtiéndose, sin saberlo, en la musa de un clásico del folclor colombiano.


Por: 𝐄𝐦𝐢𝐥𝐢𝐨 𝐆𝐮𝐭𝐢é𝐫𝐫𝐞𝐳 𝐘𝐚𝐧𝐜𝐞


Los juglares nunca sabían dónde los estaba esperando la próxima canción. Unas veces aparecía en medio de una parranda que se prolongaba hasta el amanecer; otras, mientras cabalgaban por un camino polvoriento o descansaban bajo la sombra de un árbol generoso. Pero a Alejandro Durán Díaz la inspiración le salió al encuentro sobre las aguas tranquilas del río San Jorge. Se sentó a su lado en un Johnson llamado La Víbora; tenía una sonrisa tímida, hablaba con dulzura y respondía al nombre de Irene Rojas. Horas después, cuando el destino los separó, el vallenato acababa de recibir una de sus páginas más inolvidables: 039.


Como ocurre con las grandes canciones del vallenato clásico, detrás de sus versos existe una historia de carne y hueso. La protagonista fue Irene Rojas, una mujer cordobesa que este 28 de julio llegó a los 89 años de vida y que hoy reside en Montelíbano, donde muchos todavía la recuerdan como aquella joven que, sin proponérselo, terminó inspirando una composición que hace parte del patrimonio musical de Colombia.


La historia la reveló el propio Alejo Durán durante una conversación con el periodista Ernesto McCausland. La contó con la sencillez que siempre caracterizó a los viejos juglares. Nunca necesitó adornar sus recuerdos porque entendía que la verdad, cuando nace del corazón, siempre encuentra el camino para quedarse viviendo en la memoria de la gente.


Alejo recordó que por aquellos años Montelíbano era un pueblo al que todavía no llegaban las carreteras y donde las trochas apenas conducían hasta la orilla del río San Jorge. Desde allí partían los Johnson que comunicaban a los pueblos ribereños de Córdoba y Sucre. El río era la gran carretera de agua. Por él viajaban campesinos, comerciantes, músicos, estudiantes y enamorados, llevando sueños de un puerto a otro mientras el paisaje desfilaba lentamente entre garzas, playones y árboles inclinados sobre la corriente.


Fue en una de esas travesías cuando abordó la lancha La Víbora. Apenas encontró asiento, el destino acomodó a su lado a una muchacha de ojos serenos y conversación agradable. Era Irene Rojas. El motor comenzó a rugir, la embarcación abrió surcos sobre el agua y, casi sin darse cuenta, comenzaron a hablar como si fueran viejos conocidos.

—¿Y usted para dónde va? —preguntó Alejo.

—Voy para Buenavista —respondió Irene con una sonrisa.


Desde ese instante el viaje se volvió corto. Hablaron de la familia, de los pueblos del San Jorge, de los caminos, de la vida y de esas cosas sencillas que solamente saben conversar dos personas cuando el destino decide sentarlas una al lado de la otra. No hubo promesas de amor ni juramentos eternos. Apenas la simpatía propia de la gente del Caribe colombiano y el encanto de un encuentro que parecía destinado a terminar en el mismo lugar donde había comenzado.



Quienes conocieron a Alejandro Durán siempre dijeron que era un hombre cordial, sencillo y atento. Por eso, cuando la lancha atracó, hizo lo que cualquier caballero de provincia habría hecho. Tomó la maleta de Irene, la acompañó hasta el automóvil que la esperaba y la ayudó a subir. Luego permaneció observando cómo el vehículo comenzaba a alejarse entre el polvo del camino.


Pero el destino todavía tenía reservado el verso más importante de aquella historia. Cuando el automóvil arrancó, el conductor alcanzó a gritarle:

—¡Durán... la muchacha va llorando!

Aquellas palabras le atravesaron el pecho. Levantó la mirada y alcanzó a distinguir el rostro de Irene detrás de la ventanilla. No pudo preguntarle por qué lloraba. El vehículo siguió alejándose y, antes de perderse definitivamente, solo alcanzó a leer tres cifras en la placa: 039. Sin saberlo, acababa de descubrir el título de la canción que empezaba a nacer dentro de su corazón.


Los viejos compositores aseguran que cuando una canción pide salir no existe fuerza capaz de detenerla. Alejo regresó lentamente a La Víbora, caminó hasta el camarote y dejó que los recuerdos hicieran su trabajo. El acordeón no estaba entre sus manos, pero la melodía ya sonaba dentro de su cabeza. Mientras el río seguía abriéndose paso entre la vegetación y el motor marcaba el compás del viaje, los versos fueron apareciendo uno tras otro, como si la corriente del San Jorge se los fuera dictando.


Cuando la embarcación llegó a San Marcos, Sucre, la canción estaba terminada. Esa misma noche la interpretó por primera vez. Nadie imaginó que aquella inspiración nacida durante un viaje fluvial terminaría convertida en uno de los clásicos más grandes del vallenato tradicional. Con los años, 039 sería grabada por distintos intérpretes y seguiría recorriendo el mismo camino que alguna vez recorrió su compositor: el de la memoria del pueblo.


Han pasado muchas décadas desde aquel encuentro. Las antiguas lanchas ya casi no recorren las mismas rutas, las trochas cedieron el paso a las carreteras y las placas de apenas tres cifras quedaron como un recuerdo de otra época. Sin embargo, 039 continúa sonando con la misma frescura porque las canciones nacidas del corazón nunca envejecen; simplemente aprenden a caminar junto al tiempo.


Mientras el nombre de Alejandro Durán permanece escrito con letras de oro entre los grandes juglares del vallenato y como el primer Rey del Festival de la Leyenda Vallenata, Irene Rojas sigue siendo aquella muchacha cordobesa que un día abordó una lancha sin sospechar que el destino la estaba convirtiendo en protagonista de una historia inmortal. Ella solo hizo un viaje por el río San Jorge. Alejo, en cambio, convirtió aquella conversación, unas lágrimas y tres números estampados en la placa de un automóvil en una canción que sigue navegando por el corazón del Caribe colombiano. Porque así ocurre con el verdadero vallenato: nace de la vida, se transforma en recuerdo y, con el paso de los años, alcanza la eternidad.

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